
[De Marica di Pierri en Il Manifiesto del 8 de Diciembre de 2011] Mañana las conclusiones – Emisiones record, voluntad de poner remedio a la mínima. Superada ya la fase de las reuniones técnicas la conferencia sobre el clima de Durban llega a su clausura, prevista para el viernes.
Desde el pasado martes en el Conference Center de Durban se ha entrado en lo que llaman el “High Level Segment”: la última fase de las negociaciones. Esa de alto nivel, de hecho, durante la cual a los equipos de negociación se unen las representaciones de los gobiernos que por dos días vienen a la ciudad sudafricana.
En comparación con hace dos años, en Copenhague, cuando para asistir a la 15ª COP estaban casi todos los presidentes, incluyendo las potencias mundiales, Obama acababa de ser elegido y los mensajes de apertura repetían que la climática era la amenaza más grande a afrontar, aquí en Durban los gobiernos parecen haber olvidado que se trataba de una emergencia, la urgencia de afrontarla es ya no postergable.
Para llegar a este rincón de África para tomar parte en los trabajos son, esta vez, solo 130 ministros (de un total de casi 200 naciones presentes) y apenas 12 jefes de Estado, para nada dotados de capacidad de incidencia en el equilibrio mundial: Republica Centroafricana, Etiopia, Gabón, Congo, Senegal, Nauru, Honduras, Samoa, Monaco, Fiji y Noruega, único jefe de estado del viejo continente. Para la grandes potencias, como es evidente, no es por tanto prioritario la asunción de responsabilidad y de medidas concretas para afrontar una crisis que causa más de 300.000 muertos cada año y hasta el momento ha producido 50 millones de refugiados climáticos. Crisis, lo dice la comunidad científica, que si no se afronta puede condenarnos rápidamente a un escenario más trágico de aquel que ya hoy nos da los desastres incalculables que vemos en todo el mundo, de Europa a los trópicos.
Es por esto que durante diez días los representantes de las organizaciones sociales y de los movimientos presentes en Durban, a pesar de los modestos números presentes, denuncian una actitud que consideran escandalosa e irresponsable y repiten que el caos climático exige respuestas inmediatas. El lunes pasado, el mismo Nicolas Stern, autor del famoso informe sobre la economía del cambio climático, ha convocado una conferencia de prensa advirtiendo que en los próximos 40 años tenemos que reducir las emisiones del nivel actual de 50 mil millones de toneladas al año a menos de 20 mil millones para tener la posibilidad de mantener el aumento de la temperatura de 2º. Mientras tanto, las emisiones continúan creciendo. Solo en el 2010, año record, crecieron un 5,9% respecto al 2009. En la última década, el crecimiento es del 3% anual, en comparación con el 1% de los años 90.
La emergencia eliminada. Pero la ciencia sin un inversión inmediata de la tendencia será un caos ya en el 2015.
Muchos delegados en los micrófonos de la COP hablan del 2020 como fecha límite para nuevos acuerdos. Es el caso de China que, única débil novedad respecto a las previsiones, se ha mostrado dispuesta a un acuerdo vinculante a partir del inicio del próximo decenio. Que es dentro de nueve años. Una barbaridad y una cosa inútil, considerando que para la ciencia se antes del 2015 no reducimos las emisiones de manera consistente habremos llegado al punto de no retorno. Ayer, en el espacio de los pueblos de la universidad, se ha hablado de dos cuestiones centrales – y conectadas – en el debate sobre la emisiones: el uso masivo de combustibles fósiles y la necesidad de imaginar un futuro post-carbon. La red internacional Oilwatch, que supervisa la extracción petrolífera en todos los continentes, ha difundido una declaración en la cual junta las piezas de un razonamiento que tiene una gran difusión en muchas regiones del mundo.
La actual agenda energética, dice, continúa poniendo freno al desarrollo de las energías limpias, descentralizadas y de bajo impacto; sacrifica la producción de alimentos por la producción de agrocombustibles; construye inmensas presas destruyendo cuencas hidrográficas por los beneficios de las compañías eléctricas; propone el retorno a la energía nuclear; justifica campañas militares en los lugares de depósito de de los hidrocarburos. Pero tenemos mejores oportunidades. Necesitamos de practicas, tecnologías y actividad para reconstruir una interconexión armónica entre soberanía energética y alimentaria, permitiéndonos el salto necesario para el desarrollo de fuerzas productivas constructivas que traerán la actividad humana dentro de los límites físicos y ecológicos del planeta.
Esta receta. La única posible. La esperanza es que los cocineros no se equivoquen con el menú o podría tratarse para todos de la última cena.
Marica di Pierri, Asociación A Sud






